“La arquitectura sin diseño urbano no existe”. El Hotel Humboldt renace.



Han transcurrido más de 60 años desde la inauguración del Hotel Humboldt, un capricho de Marcos Pérez Jiménez que materializó el arquitecto Tomás José Sanabria. El cilindro ubicado a más de 2.000 metros de altura sufrió los vaivenes de los cambios de gobierno y de administración en su estructura. Ahora, al fin, pasa por una restauración que lo reconcilia con el diseño original.

Tomás Sanabria instruyó a su sucesor sin saberlo. Nadie vislumbraba entonces que Gregory Vertullo, el último de sus asistentes, sería el responsable de ser el albacea de su legado y de restaurar el Hotel Humboldt no solamente para ponerlo a funcionar sino para recuperar sus características originales, modificadas por sucesivas clausuras y reaperturas. Ahora, el custodio de Caracas, gracias a estos trabajos, vuelve a tener las entrañas llenas de luz mientras espera su reinauguración en 2018, según promesa presidencial.

El Humboldt es generoso en la amplitud de sus espacios y firme en la curvatura de sus techos abovedados, gracias a esta rehabilitación. Nada se hizo sin seguir los lineamientos de Sanabria: los que aplicó en 1956 –cuando lo construyeron en 199 días– y los que legó después, al revisar su obra. Así pues se restituyó la entrada principal, que había sido movida a la fachada suroeste y, como valor agregado, el complejo tiene ahora allí un acceso peatonal.


Cuando se fundó el lugar, se entraba en los funiculares, pero gracias a la tecnología con la que ahora funcionan los teleféricos, el sitio pudo ser reacondicionado y se aprovecha la planta baja. El visitante se hallará en un salón cuyos pisos negros siguen la lúdica que utilizó Sanabria en las áreas principales. Con puertas dobles, para que le sirvan de esclusa a la neblina que insistentemente trata de colarse entre los cristales, rampa para las personas con discapacidad y ascensor. Encima de la estación de nuevo se lee Humboldt, ya no están las estrellas que habían sustituido a las letras en alguna de las reaperturas de otrora.

Sin embargo, eso no hace que Loly Sanabria, diseñadora industrial e hija del arquitecto, deje de insistir: “Es absolutamente indispensable, sino urgente, el teleférico desde el área pública, o primera estación, hasta aquí. No puedo ir a un hotel de esas estrellas pidiendo permiso”. Lo dice en alusión a los tarantines y ventas de comida que se despliegan a lo largo de los 680 metros que separan la estación Ávila del teleférico de la isla en la que se enclava el hotel.

“Si el desencofrado fue perfecto –exponía Sanabria, el padre– allí está la mano de Dios, sino tengo que revisar en qué me equivoqué”, en ese escrutinio constante el arquitecto entregó otra instrucción; esta tenía que ver con la fachada. Esa que se mandó a construir en Italia, con ventanas diseñadas por él y que eran basculantes a la vez que subían y bajaban. Calzar los cristales en la estructura fue un trabajo de filigrana, pero la junta del hierro y el aluminio dio lugar a un par galvánico y la corrosión obligó a desmontarla y hacerla de nuevo. Ahora el perfil del Humboldt es un poco más gris, aunque conserva idénticas dimensiones y el machihembrado del aluminio sea el mismo. “Papá lo avisó hace 30 años, mandó cartas a todo el mundo, pero nadie lo escuchó. Por eso Gregory ya estaba advertido”, indica Loly.

A las afueras, desde donde se impone la estructura, se recuperó parte del paisajismo original propuesto por el brasileño Roberto Burle Marx –el mismo que diseñó el Parque del Este– finalizando los años 50, junto con Fernando Tábora y John Stoddart. La oficina de este último puso de su parte. Cada planta en las áreas exteriores tiene una razón de ser, hubo que mandar a retirar más de 70 pinos que obstruían la visual, y en el suelo y los bancos se dibujan círculos que dan continuidad a la sinuosidad del edificio principal.

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(Fuente: ElEstímulo.com)


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