El Muro de Adriano (Brampton, Inglaterra)
El avance conquistador de Roma en Gran Bretaña se detuvo, en torno al año 122, a la altura de esta larga serpiente de piedra, de 117 kilómetros, levantada en el periodo del emperador Adriano, entre el fiordo de Solway, al oeste, y la actual Wallsend, en la desembocadura del río Tyne. Probablemente, lo que quedaba más al norte (Escocia) era demasiado salvaje… Frontera del Imperio y vía de comunicación a un tiempo, la llamada Muralla de Adriano –patrimonio mundial– es hoy una excelente ruta senderista (de unas siete jornadas) para cruzar y contemplar los verdes y ondulantes paisajes del sur escocés. También se pueden recorrer tramos más cortos, en torno a importantes asentamientos romanos como las fortificaciones de Housesteads y Segedunum, cerca de la ciudad inglesa de Newcastle.
Fuerte Nahargarh (Jaipur, India)
La morada de los tigres –como reza su nombre– es una de las fortalezas que el maharajá Jai Singh mandó construir (en 1734) para proteger la ciudad de Jaipur. Elevado sobre las estribaciones del macizo de Aravalli, al noroeste de la ciudad, y residencia veraniega de la familia real, las murallas de Nahargarh son hoy un fabuloso mirador –perfecto para un picnic– sobre la capital del Estado de Rajastán. Para visitarlo es necesario alquilar un coche o un taxi (el fuerte está a unos 20 kilómetros de la parada de tren o autobús más cercanas)
Ichon-Qala (Jiva, Uzbekistán)
Recorrer a pie la muralla de barro de Ichon-Qala, que durante siglos protegió la ancestral ciudad de Jiva (o Khiva), transporta al viajero a los tiempos de la mítica Ruta de la Seda, de la que esta ciudad al norte de Uzbekistán fue importante enclave. Con muros de hasta ocho metros de alto y seis de grosor, la muralla contaba con cuatro puertas monumentales y fue destruida por los mongoles en el siglo XIII. Reconstruida en el siglo XVIII por orden del khan Muhammad-Amin-Inak, es uno de los grandes atractivos actuales de Jiva, junto a las cúpulas verdeazuladas de sus mezquitas y el minarete de Kalta Minor.
Murallas de Ston (Croacia)
Construidas en el siglo XIV para proteger la producción de las salinas de Ston, puerto de la costa sur de Croacia ubicado en el istmo que une la península de Pelješac con el continente (a unos 60 kilómetros al norte de Dubrovnik), los 5,5 kilómetros de recorrido de esta muralla –una de las más largas de Europa– se pueden recorrer caminando gracias a su buen estado de conservación. Los muros trepan vertiginosamente (en dos secciones a diferente altura) por la empinada colina que custodia la espalda de Ston (a la izquierda, en la imagen), y tras llanear la ladera, descienden abruptamente después hasta conectar con la vecina localidad de Mali Ston, al otro lado del cerro.
Albarracín (Teruel, España)
Su sistema defensivo se compone de tres castillos, el principal, el del Andador y el de Doña Blanca, y dos recintos cerrados por fuertes murallas que rodean por completo esta villa abrazada por el río Guadalaviar. El primer recinto (del siglo X) corresponde a la medina o primitiva ciudad musulmana, y estaba rodeado por una muralla sin torres y con una sola puerta. El segundo, que empezó a construirse 100 años después, posee las murallas más imponentes y encerraba un amplio espacio de monte que podía servir para refugio de los ganados en caso de peligro
Sighisoara (Rumanía)
Fundada por sajones en el siglo XII, la ciudad medieval de Sighisoara, en pleno corazón de la región de Transilvania –de hecho es la ciudad natal de Vlad Tepes, inspirador del personaje de Drácula–, conserva buena parte de la estructura defensiva que la rodeaba, levantada para su protección entre los siglos XIV y XV tras la invasión tártara. Además de conservar casi intactas un buen número de torres, todavía se puede recorrer el interior de algunos tramos de su muralla, cubierta por un característico techado de entramado de madera.
Carcasona (Francia)
De baluarte inexpugnable al norte de los Pirineos a ultra fotografiado centro turístico, los dos anillos amurallados que rodean la villa medieval de Carcasona se elevan, casi impolutos, sobre una colina rodeada por la población de La Bastida –la Carcasona moderna– , a unos 95 kilómetros al suroeste de Toulouse. Abandonada y semiderruida desde el siglo XVII, fue el arquitecto romántico Viollet le Duc quien se dedicó en cuerpo y alma a su completa reconstrucción a mediados del XIX, a imagen y semejanza de la gran fortaleza que fue. Para algunos con tal exceso de fantasía que ha desdibujado la autenticidad de la ciudadela original.
Ciudadela de Chan Chan (Perú)
En la desértica costa del norte de Perú, junto a la localidad de Trujillo, perfiladas murallas de barro aún custodian el acceso al palacio de Nik An, uno de los mejor conservados de la ciudadela de Chan Chan, capital del Imperio Chimú desde del 700 a 1470. Sólidos muros de color pajizo levantados con resistente adobe entrelazado que rodeaban una sucesión de galerías, estancias y patios ceremoniales en torno a una gran plaza, con engalanadas balaustradas y bajorrelieves de fino acabado. Chan Chan está considerada la ciudad de barro más grande de la América precolombina: llegó a contar con una población de unos 60.000 habitantes y una extensión de unos 20 kilómetros cuadrados.
Alcazaba de Almería (España)
Visible desde cualquier punto de la capital almeriense, la construcción de la Alcazaba se prolongó desde el siglo X, en tiempos de Abderramán III, hasta el XI, culminada por Hayrán, rey taifa de Almería. De ahí su relevancia: ha permitido conocer cómo fue la evolución arquitectónica durante la dominación musulmana en la Península. Ampliada en el siglo XV por los Reyes Católicos (se añade un tercer recinto amurallado), la Alcazaba conforma, junto a las Murallas del Cerro de San Cristóbal, uno de los mayores complejos monumentales árabes que se conservan en España.
Gran Zimababue (Zimbabue)
La ciudad medieval más grande del África subsahariana es uno de los monumentos más valiosos de Zimbabue; tanto que dio nombre al país. Estas ruinas de la civilización bantú construidas entre los siglos XI y XV tienen muros de granito que alcanzan los 11 metros de alto y son una prueba –bien conservada– del gran nivel de progreso alcanzado en el África antigua. El yacimiento, a 30 kilómetros de Masvingo, permite a los visitantes trepar por peñascos, pasear entre rocas que se tambalean, colarse por estrechas grietas de piedra y gozar de sorprendentes vistas y puestas de sol espectaculares.
(Fuente: MSN)











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