Es considerada como una de las competencias más importantes que este siglo exigirá a los niños y adolescentes
Históricamente, cuando se habla de inteligencia siempre pensamos en la parte cognitiva, es decir, aquellas aptitudes que asociamos a lo académico, sin pensar que las emociones y su gestión son parte esencial de esta.
El constructo “inteligencia” está compuesto por la inteligencia cognitiva que incluye variables tales como la memoria, el razonamiento fluido, la capacidad verbal, etcétera… y que es más conocida con cociente intelectual y la inteligencia emocional, cuyo cociente ya podemos también medir hoy.
Actualmente, la inteligencia emocional es considerada como una de las competencias más importantes que el siglo próximo exigirá a nuestros hijos, y gracias a la neurodidáctica también sabemos que, por ejemplo, sin emoción no se produce aprendizaje o que una inadecuada gestión emocional puede inhibir o bloquear la eficiencia de la cognitiva.
Esto se traduce en que un niño con un cociente intelectual medio, pero con una gran inteligencia emocional, tendrá un mejor rendimiento académico. Y, además, mayores probabilidades de éxito en todos los ámbitos que un niño con un cociente intelectual muy alto. Por el contrario, una inteligencia emocional pobre o escasa, su rendimiento se verá afectado así como sus relaciones, vida social, percepción de felicidad y satisfacción, tolerancia a la frustración, flexibilidad…
Por otra parte, cada vez más estudios relacionan y en muchos casos ya han probado la relación entre una mala gestión emocional y la aparición y/o agravamiento de algunas enfermedades, entre ellas el cáncer, casi todas las enfermedades de la piel, el asma, las cardiovasculares…
(Fuente: El pais)



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